Este es un
relato trágico, donde mis demonios habitan, que no son más moderados por ser
yo; al contrario. Son demonios que el padre no puede liberarme, porque quienes
los han formado han sido mis amigos y seres queridos. Son demonios con pecados.
Pecados que pesan más que la lujuria, la gula, la envidia, el orgullo, la
pereza, la ira y la avaricia, juntos y cometidos setenta veces siete. Tal vez
no son graves para mi Dios, pero lo son para el presente, para el yo de ahora.
Pecados que
han corrompido lo más íntimo de mi corazón. Han ultrajado mis principios. No se
trata de moral ni ética. Se trata de mí mismo. No se trata de religión. Se trata
de cotidianidad.
¿Confesor?
elijo al que los creó y los dejó habitando en mí, porque sé que le hago más
daño al que los creó que al mismo Dios y quiero disculparme y disculpar los
demonios que harán daño a mi gente cuando lo confiese todo. ¿Por qué disculpo a
mis demonios? Porque son míos. He temido por mi vida, he deseado matarme. No suicidarme;
no he temido por mi cuerpo. He temido por mi imagen. Mi vida todos estos años
ha sido mi imagen.
He tratado de matarme para que alguien llore mi muerte. Para convencerme a mí mismo de que alguien la llorará.
He tratado de rogar al cielo para que un poste de electricidad caiga encima de mi cuerpo como un rayo, para que la corteza que nadie se atrevió a abrir, se abra y se exhiban mis penas y demonios parásitos, que no hacían más que carcomerme vivo.
He deseado contar a papá todas mis penas cuando él me lo preguntaba, pero el demonio que yacía dentro de mí me tapaba la boca con ira, y hacía que mis labios se pusieran morados, como un boxeador que ha recibido un golpe sin proteger sus dientes
¿Acaso no han sentido un golpe cuando les han tratado de tapar la boca con la mano suave? Yo sí. Y apenas trataba de abrirlos para responder a la pregunta que me hacían, dolían, al abrirse, moverse y gesticular, más que mi corazón, cuya humildad era la única que me motivaba a contarlo todo.
He deseado que mi madre muera para que mis amigos me vean llorar su pérdida.
Estas cosas no se confiesan con un “Acúsame padre porque he matado de pensamiento”. Es mi madre. La persona que más me quiso en este mundo. He sentido celos de todos mis amigos. He sentido celos cada vez que se abrazaban súbitamente entre ellos. Entre ellos, donde ellos sabían que yo existía; pero yo siempre lo ignoré. He rechazado a quien me tenía de primeras en todas sus listas. Mi ambición deseaba estar en todas las listas de todas las personas. Hasta quería estar de primeras en la lista de mi enemigo mortal: la soledad; y lo he conseguido. Ha sido el primer demonio que me ha concedido mi deseo. Y estando en este silencio, he deseado que el vecino que martillaba la pared del otro lado le cayera el techo encima. No entendía que martillaban la pared para romperla y encontrarme. Era la pared que yo mismo había creado. Y aún sigue ahí con un hueco pequeño donde sólo ha sido capaz de entrar la luz. Y la luz no hace nada por mí, más que a ayudarme a escribir esta confesión, antes de que muera ciego por la oscuridad que me rodea. He deseado lo más extravagante. Son cosas que han creado las caricaturas y se han mezclado con mis demonios. He deseado que Dios no exija nada. Que viva su vida como yo la mía. Y ahora me doy cuenta: Que viva su vida como yo la mía: triste, sola, agobiada por mis demonios. Ahora me percato que deseé la invasión del cielo por el infierno. ¡He deseado ver al cielo en llamas! Como las ironías que se presentan en las comedias de tv.
He tratado de matarme para que alguien llore mi muerte. Para convencerme a mí mismo de que alguien la llorará.
He tratado de rogar al cielo para que un poste de electricidad caiga encima de mi cuerpo como un rayo, para que la corteza que nadie se atrevió a abrir, se abra y se exhiban mis penas y demonios parásitos, que no hacían más que carcomerme vivo.
He deseado contar a papá todas mis penas cuando él me lo preguntaba, pero el demonio que yacía dentro de mí me tapaba la boca con ira, y hacía que mis labios se pusieran morados, como un boxeador que ha recibido un golpe sin proteger sus dientes
¿Acaso no han sentido un golpe cuando les han tratado de tapar la boca con la mano suave? Yo sí. Y apenas trataba de abrirlos para responder a la pregunta que me hacían, dolían, al abrirse, moverse y gesticular, más que mi corazón, cuya humildad era la única que me motivaba a contarlo todo.
He deseado que mi madre muera para que mis amigos me vean llorar su pérdida.
Estas cosas no se confiesan con un “Acúsame padre porque he matado de pensamiento”. Es mi madre. La persona que más me quiso en este mundo. He sentido celos de todos mis amigos. He sentido celos cada vez que se abrazaban súbitamente entre ellos. Entre ellos, donde ellos sabían que yo existía; pero yo siempre lo ignoré. He rechazado a quien me tenía de primeras en todas sus listas. Mi ambición deseaba estar en todas las listas de todas las personas. Hasta quería estar de primeras en la lista de mi enemigo mortal: la soledad; y lo he conseguido. Ha sido el primer demonio que me ha concedido mi deseo. Y estando en este silencio, he deseado que el vecino que martillaba la pared del otro lado le cayera el techo encima. No entendía que martillaban la pared para romperla y encontrarme. Era la pared que yo mismo había creado. Y aún sigue ahí con un hueco pequeño donde sólo ha sido capaz de entrar la luz. Y la luz no hace nada por mí, más que a ayudarme a escribir esta confesión, antes de que muera ciego por la oscuridad que me rodea. He deseado lo más extravagante. Son cosas que han creado las caricaturas y se han mezclado con mis demonios. He deseado que Dios no exija nada. Que viva su vida como yo la mía. Y ahora me doy cuenta: Que viva su vida como yo la mía: triste, sola, agobiada por mis demonios. Ahora me percato que deseé la invasión del cielo por el infierno. ¡He deseado ver al cielo en llamas! Como las ironías que se presentan en las comedias de tv.
He deseado
que África sea el continente más rico, viejo y consumista de todo el mundo. He
deseado ver al presidente Lyndon B. Johnson morir con una bomba atómica. He
deseado que las FARC: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia sean las
RAFUSA: Revolucionary Armed Forces of USA. He deseado que exista el monstruo
del lago Ness para que rompa en gula devorando a todos los curiosos que se
atreven a buscar en su hábitat.
Mi hermana.
Mi hermana ha deseado que me bañe con agua fría porque he dañado la cortina de
la ducha. Sería gracioso para los cartageneros: todo un sarcasmo ingenioso
lleno de ocurrencia. Para mí resulta impactante. Tocar y aguantar el agua fría
que ha permanecido así por las tuberías bogotanas, cuyo metal se contagia de la
frigidez del granizo cuando hay una tormenta eléctrica por la tarde,
noche y que cesa en la madrugada. Pero yo he deseado decirle que por eso nadie
la quiere, por estar ofendiendo a todo el mundo.
¿Cómo nos
glorificamos de ser más hábiles para lanzar insultos cuando se magnifican las
ofensas? como una multiplicación o una subasta cuyo precio aumenta cada vez que
alguien interviene. Alguien ofende a otro. Luego el otro lo insulta aún peor.
El otro trata de devolverle el insulto, con otras dos raciones extra de
vulgaridad. Y así el público se obsesiona y excita cada vez que alguien
devuelve el insulto y ya no se sabe cuándo se empezaron a odiar. Como el sapo
que al caer en una olla de agua lista para calentar, no se da cuenta de que
cada vez está más caliente, y nunca se dará cuenta de que se ha quemado y ha
muerto por el calor.
Yo he
tratado de darme cuenta de que me estoy quemando ahora mismo; pero no puedo
salir de la olla hirviendo si nadie sabe que yo ando por la cocina. Todos están
en la sala conversando, algunos en conversaciones triviales. Otros en risas
espontáneas y encantadoras. Yo les doy de comer. Estoy en la cocina preparando
mi propia infusión de sapo.
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