Mis patas de cangrejo

Voy hacia adelante con mis patas de cangrejo.
Porque miento.
Porque me hago el fuerte.
Porque hay caoba en mis papeles.

Porque soy honesto.
Porque soy débil.
Porque las raíces no se rompen.
Porque sigo vivo. Porque estoy aquí. Porque estoy con usted. Porque soy mudo.

Porque tengo tenazas. Porque no tengo tijeras en las tenazas. Porque es imposible que esto continúe. Porque soy un cangrejo que se aferra a la albarda de un toro que galopa con libertad e intenta soltarse de todo y se olvida de que yo estoy ahí.

Mi tenaza es terca y no se soltará.
Mi brazo es débil y se romperá.
Y yo saldré volando sin destino, allá
donde gozan los cadáveres de su fidelidad.
Y el mundo entero se regocijará
de tenerme muerto. Y con mayor maldad,

me recordarán como buena persona que siempre les fue útil. 
Pero dígame usted ahora si me permite soltarme de su albarda.
Si me permite serme útil a mí mismo. 
Si me permite caminar libre con mis patas de cangrejo. 
Caminar hacia adelante con mis patas de cangrejo.

Caricatura sobre los pecados del té de sapo


Este es un relato trágico, donde mis demonios habitan, que no son más moderados por ser yo; al contrario. Son demonios que el padre no puede liberarme, porque quienes los han formado han sido mis amigos y seres queridos. Son demonios con pecados. Pecados que pesan más que la lujuria, la gula, la envidia, el orgullo, la pereza, la ira y la avaricia, juntos y cometidos setenta veces siete. Tal vez no son graves para mi Dios, pero lo son para el presente, para el yo de ahora.

Pecados que han corrompido lo más íntimo de mi corazón. Han ultrajado mis principios. No se trata de moral ni ética. Se trata de mí mismo. No se trata de religión. Se trata de cotidianidad.

¿Confesor? elijo al que los creó y los dejó habitando en mí, porque sé que le hago más daño al que los creó que al mismo Dios y quiero disculparme y disculpar los demonios que harán daño a mi gente cuando lo confiese todo. ¿Por qué disculpo a mis demonios? Porque son míos. He temido por mi vida, he deseado matarme. No suicidarme; no he temido por mi cuerpo. He temido por mi imagen. Mi vida todos estos años ha sido mi imagen. 

He tratado de matarme para que alguien llore mi muerte. Para convencerme a mí mismo de que alguien la llorará. 

He tratado de rogar al cielo para que un poste de electricidad caiga encima de mi cuerpo como un rayo, para que la corteza que nadie se atrevió a abrir, se abra y se exhiban mis penas y demonios parásitos, que no hacían más que carcomerme vivo. 

He deseado contar a papá todas mis penas cuando él me lo preguntaba, pero el demonio que yacía dentro de mí me tapaba la boca con ira, y hacía que mis labios se pusieran morados, como un boxeador que ha recibido un golpe sin proteger sus dientes

¿Acaso no han sentido un golpe cuando les han tratado de tapar la boca con la mano suave? Yo sí. Y apenas trataba de abrirlos para responder a la pregunta que me hacían, dolían, al abrirse, moverse y gesticular, más que mi corazón, cuya humildad era la única que me motivaba a contarlo todo. 

He deseado que mi madre muera para que mis amigos me vean llorar su pérdida.

Estas cosas no se confiesan con un “Acúsame padre porque he matado de pensamiento”. Es mi madre. La persona que más me quiso en este mundo. He sentido celos de todos mis amigos. He sentido celos cada vez que se abrazaban súbitamente entre ellos. Entre ellos, donde ellos sabían que yo existía; pero yo siempre lo ignoré. He rechazado a quien me tenía de primeras en todas sus listas. Mi ambición deseaba estar en todas las listas de todas las personas. Hasta quería estar de primeras en la lista de mi enemigo mortal: la soledad; y lo he conseguido. Ha sido el primer demonio que me ha concedido mi deseo. Y estando en este silencio, he deseado que el vecino que martillaba la pared del otro lado le cayera el techo encima. No entendía que martillaban la pared para romperla y encontrarme. Era la pared que yo mismo había creado. Y aún sigue ahí con un hueco pequeño donde sólo ha sido capaz de entrar la luz. Y la luz no hace nada por mí, más que a ayudarme a escribir esta confesión, antes de que muera ciego por la oscuridad que me rodea. He deseado lo más extravagante. Son cosas que han creado las caricaturas y se han mezclado con mis demonios. He deseado que Dios no exija nada. Que viva su vida como yo la mía. Y ahora me doy cuenta: Que viva su vida como yo la mía: triste, sola, agobiada por mis demonios. Ahora me percato que deseé la invasión del cielo por el infierno. ¡He deseado ver al cielo en llamas! Como las ironías que se presentan en las comedias de tv.

He deseado que África sea el continente más rico, viejo y consumista de todo el mundo. He deseado ver al presidente Lyndon B. Johnson morir con una bomba atómica. He deseado que las FARC: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia sean las RAFUSA: Revolucionary Armed Forces of USA. He deseado que exista el monstruo del lago Ness para que rompa en gula devorando a todos los curiosos que se atreven a buscar en su hábitat.

Mi hermana. Mi hermana ha deseado que me bañe con agua fría porque he dañado la cortina de la ducha. Sería gracioso para los cartageneros: todo un sarcasmo ingenioso lleno de ocurrencia. Para mí resulta impactante. Tocar y aguantar el agua fría que ha permanecido así por las tuberías bogotanas, cuyo metal se contagia de la frigidez del granizo cuando hay una tormenta eléctrica por la tarde, noche y que cesa en la madrugada. Pero yo he deseado decirle que por eso nadie la quiere, por estar ofendiendo a todo el mundo.

¿Cómo nos glorificamos de ser más hábiles para lanzar insultos cuando se magnifican las ofensas? como una multiplicación o una subasta cuyo precio aumenta cada vez que alguien interviene. Alguien ofende a otro. Luego el otro lo insulta aún peor. El otro trata de devolverle el insulto, con otras dos raciones extra de vulgaridad. Y así el público se obsesiona y excita cada vez que alguien devuelve el insulto y ya no se sabe cuándo se empezaron a odiar. Como el sapo que al caer en una olla de agua lista para calentar, no se da cuenta de que cada vez está más caliente, y nunca se dará cuenta de que se ha quemado y ha muerto por el calor.

Yo he tratado de darme cuenta de que me estoy quemando ahora mismo; pero no puedo salir de la olla hirviendo si nadie sabe que yo ando por la cocina. Todos están en la sala conversando, algunos en conversaciones triviales. Otros en risas espontáneas y encantadoras. Yo les doy de comer. Estoy en la cocina preparando mi propia infusión de sapo.

Índigo I

¡LA VEO! !UN MOMENTO!
AHORA NO.
¡DE NUEVO SE ACERCA!
AHORA PARA.

¿QUE ESTÁ PASANDO? ¡SE ACERCA DE NUEVO! ¡ALGUIEN SÁLVEME! ¡POR FAVOR! ¡NECESITO AYUDA! ¡NO DEJEN QUE SE ACERQUE A MI! ¡NO DEJEN QUE SU ASQUEROSA UÑA LLEGUE A ROZARME UN PELO DE MI CEJA…

AHORA SE ALEJA
¿POR QUÉ SE ALEJA?

¿LE ENTORPECEN MIS  GRITOS?
COMO EN CUALQUIER MITO,
CON FUERZA LE GRITO
A MI CORAZONCITO,
Y LE SOLICITO
QUE DEJE EL DELITO
¿A QUE NO ES DELITO?

TU NO COMPRENDES. NO IMPORTA  EL DELITO. SOLO QUIERO UNA VIDA NORMAL, COMÚN, CORRIENTE, PLACENTERA EN LA QUE PUEDA SENTARME A CONTEMPLARTE SIN INCERTIDUMBRE.

SIN QUE ME ALUMBRES
TODAS LAS CUMBRES
DONDE PLANTO LEGUMBRES
QUE DOY CON DESEO, AMOR Y CONSUELO
PERO LLEGAN AL SUELO
SIN HABER SIDO REVUELO
EN TU BOCA CANSADA DE MASTICAR VEGETALES

¿NO TE CANSAN LOS VEGETALES? PRUEBA EL CHOCOLATE, PUEDE SER MAS, DULCE, SABROSO Y EMPALAGOSO.

TAL VEZ TE EMPALAGUE,
SIN DAR MÁS AMAGUE
DEL QUE TÚ ME DÁS
CUANDO NO QUIERES MÁS
DE LO QUE AÑORO EN MI FAZ
¡MI FAZ, MI FACETA, MI MALETA, MI MAQUETA, MI CHAQUETA Y NO VUELVO A CONSTRUIRTE MÁS!

¡SOLO TOMO MIS COSAS Y NO VUELVO A CONSTRUIRTE MÁS!

El adefesio dadaísta soy yo

¿Por qué?
¿Por qué no puedo ser honesto con un trozo de hoja?
¿Por qué tengo que mentirles a mis lectores descaradamente, cuando debería informarles de mi situación?
¿Cuál es mi situación? ¿Cuáles son mis sentimientos?
Bestias indomables que se quedan ocultas en la caja fuerte de mi fidelidad.

Así es. Debo ser fiel a quienes amo antes de ser fiel a mí mismo; porque me aborrezco. No puedo pasar un día sólo conmigo mismo. Nadie puede ser tan cruel para dejarme conmigo mismo. No me tolero. No me comprendo. Yo me mato. Yo me mata. El me mato. El me mata. El soy yo.

Él es todo. Él es increíble. Él me libera las cadenas. Él me hace sacar una lágrima. Él no me deja pensar. Él me hace sentir. No quiero sentir. Quiero pensar lo pensable. Quiero sentir lo sentible. No quiero pretender ser yo. No quiero, si hay que ser honesto.
Porque al abrir mi caja fuerte se encuentran venenos. Gases lacrimógenos. Se encuentran espantos que dejan paralizado a todo aquel que se atreva a abrirla.


No. No quiero eso. Olviden eso. Quiero que amen mi veneno. Quiero que amen mis púas. Quiero que amen mis agujas. Quiero que me amen como soy. -¿Que me ame cualquiera?- No. Cualquiera no. O bueno. Cualquiera sí. Pero es tan difícil aceptar lo que se tiene al alcance de la mano. Pero es más difícil vivir sin ser amado. Es más difícil no poder amar como quiero amar. Es más difícil ver que los demás pueden y yo tengo que amar con mis púas. Nunca podría herir a una mujer con ellas. No me lo perdonaría nunca. Tiene que ser un hombre que las resista. Tiene que ser alguien fuerte y a la vez sensible; como lo soy yo; como lo es él. Como las púas en gelatina.  Como una lágrima en la barba. Como lo ridículo en lo imitable. Como soy yo en mí.

Dice el villano


Dice el villano:



Solo desearía que alguien me salvara ... tal vez un líquido de los más refrescantes que mi mente pueda asimilar; un compuesto de sustancias tan ajenas a mi cuerpo, que se muere con sed de algo nuevo, en contraste con todos los eufemismos de la materia que ya ha comprobado. Sólo el veneno me hace refrescar. Sentir el cloro quemando mi garganta. ¿Qué mejor favor hacerme que el de apagar la función de mis sistemas, para que ellos, tan desfasados con el mundo, por fin puedan descansar de ese ritmo tan asonante con el que van a dar mis pies sobre el piso, en contra de la marcha del mundo entero?