Siempre que me siento frente al computador, espero escribir
todo lo que me gustaría descargar de mi subconsciente tan resentido. Aquí estoy
en otro intento por sanar. ¿Por dónde podría empezar?
Empecemos por la consecuencia. A veces siento que si no
logro descargar todo lo que siento de una vez por todas, voy a terminar
convirtiéndome en un peligro para la sociedad. Y es que siempre terminan siendo
peligrosos los que bajan el promedio de las estadísticas. Yo parto a la mitad
el índice de felicidad de Colombia entero. Y me pregunto ¿si ni siquiera yo
puedo perdonar de corazón, cómo voy a exigirle a un delincuente que lo haga,
junto con sus víctimas? Todos somos hijos de la guerra y la violencia. No de la
más belicosa y preparada; esa que no le importa si es con dientes y puños. El
caso es que no estoy muy lejos de convertirme en uno de ellos, si es que aún no
lo he hecho. Y nadie, de los que estamos dentro de estas raíces lo está.
Me gustaría poder hablar de hechos concretos en su mayoría,
pero lo único concreto que ahora puedo mostrarles, es un gato que torturé. No
lo torturé sacándole sangre, no. No lo torturé hasta matarlo; pero no hay duda
de que si mis cicatrices fueran más profundas, la mascota de mi hermana se
habría asfixiado. ¿Por qué?
Yo tampoco lo sé a ciencia cierta. Sólo sé que me gustaba
descargarme con el pobre animal, haciéndole sentir, en una especie de último
recurso, lo contrario a lo que me hicieron sentir a mí.
--¡Tú te quedas aquí conmigo! Y te voy a abrazar y no te voy
a dejar ir, no porque te quiera; más bien porque te odio como a todos. Los
detesto a todos. Tanto a los que actuaron como a los que no. Tanto los que me
subestimaban, como los que me creían una amenaza.
¡El gato se quería ir!, y yo, sin pensarlo dos veces
afirmaba que me odiaba. Yo sólo quería llevarle la contraria.
--Voy a hacerte sentir el amor que nunca sentí yo. ¿Sí, te
gusta? ¡Siéntelo!
Lo obligaba a quedarse quieto sin moverse, privándolo de su
libertad. Es evidente que un gato corriente odiaría que se la quitaran. Lo
hacía todo en una especie de discurso inentendible para quien sea que me
estuviera observando. Me sentí un asesino de película. Pero estaba orgulloso de
recobrar mi honor de alguna manera, no me importaba hacerles daño a los demás.
-Yo sólo quiero que sientan en la misma medida lo que yo
sentí-. Todo esto en un montón de pensamientos y emociones revueltas y
conectadas desordenadamente, en un campo de batalla laberíntico: mi
subconsciente. Juro que no soy consciente de las cosas que pienso y siento. De
cómo actúo sí soy consciente, y por eso soy culpable.
Pero poco a poco me daba cuenta de lo que hacía, y me
decepcionaba al ver mis arrebatos. Lo único que hubiera podido decir en ese
momento sería:
-- Me hirieron mucho -- entre lágrimas de cocodrilo --No tengo
la culpa, por favor. Alguien entiéndame. Fue horrible. Sólo quería que supieran
lo que sufrí. No tengo idea de quién. Pero alguien, en algún lugar, que me esté
viendo… ¡Dios! si es que existe, él va a ver todo lo que sufrí.
Me duele pensar que es en parte cierto y válido.
Lo sé, lo sé: yo tengo el poder para enfocarme en lo bueno y
probablemente sólo veía lo malo. Yo fui el que me hice desembocar en el fango y
no en la tierra firme. Yo fui el que me hice caer solito. Y probablemente sea
cierto, dentro de una perspectiva global y equilibrada. Pero lo único que puedo
ver es esto: yo estaba desilusionado… y quería a alguien… y nadie venía… y
rogaba, gritaba sólo en mi casa. ¿Hay alguien? … Y lloraba desesperado. A veces
entre sueños alucinaba ver a alguien. Pero no había nadie. Nunca hubo alguien
que me apoyara.
Yo dije que no quería volver al papel de víctima. Pero lo
cierto es que sí estoy herido por lo que sufrí, y nadie lo sabe bien. Nadie
sabe que había noches en que no dormía, estando en vacaciones. Llegaba de hacer
ejercicio a llorar, a no verle sentido a la vida, incapaz de resolver las cosas
porque se había ido ese man. Siempre le dije que prefería que me odiara y me lo
dijera a que me dejara así. ¿Por qué se fue? ¿Por qué destruyó mis sueños? Era
uno grande, era el único que me mantenía vivo, y no tenía ninguna explicación.
Lo único que veía era su cara de cínico como si nada hubiera pasado. Por favor,
nunca se vayan si se llevaron la claridad. Lo único que veía, antes de que
cayera en cuenta, de todo lo que le estaba haciendo al gato, era cómo él se
preocupaba por salir en un acto de alerta y consciencia. ¿Y en el pasado, yo
que tuve? La inconsciencia, la indiferencia de todos los que se fueron. Sólo me
encantaba ver que podía causarle esa reacción de conciencia al gato. Me
encantaba ver cómo podía ser el protagonista de la vida de un gato, de forma
tan sencilla. Entonces el gato empezó a llorar, y era como música para mis
oídos, entre tantos pensamientos revueltos: ¿será que lo que hago está bien?,
creo que me estoy excediendo, creo que este no era el objetivo de tener al gato
aquí, creo que esto ya no justifica haber castigado al gato por rasgar la
madera de la puerta. Y pensé con lágrimas en los ojos: esta es la raíz del
homicidio y la estoy sintiendo, esta es la raíz del bullying, ¿qué me está
pasando? La gente que hace esto, se mete con la gente más indefensa y
vulnerable porque es sobre la única que tienen control. Yo no tengo control
sobre los homosexuales, una comunidad vulnerable hoy en día, soy uno. Yo no
tengo control sobre las mujeres, yo no tengo control sobre niños más pequeños.
Yo tengo control sobre mi gato. Y probablemente trate de tener control sobre
mis allegados, sobre mis mejores amigos, sobre mis papas, en un intento
desesperado por vivir tranquilo, sin sentir que alguna de aquellas bestiecillas
puede herirme de nuevo. No, yo no confío en nadie. Y como he podido ver, no he
perdonado a nadie.
El caso es que los bandos no están separados, no hay uno
bueno y uno malo. Las víctimas de París no eran del todo buenas así como los
terroristas no eran del todo malos. Como pueden ver no todos los homosexuales
somos víctimas, algunos somos victimarios, homicidas, asesinos. Tan sólo por
ser hijos de la guerra.
La escritura me ayuda a tener memoria, a no olvidar quién es
el verdadero enemigo: la violencia. No es quien fomenta la violencia. Tachar a
alguien de violento es ser violento. Porque estamos imponiendo nuestro juicio
sin ningún pero. Y eso hacen los violentos imponer, sin escuchar. Imponer, sin
razonar. Imponer, sin manejar la indignación que nos puede provocar algo malo.
La escritura me ayuda a sanar.
Yo sigo defendiendo que me hirieron, pues quiero que alguien
me crea. Quiero que entiendan mi dolor. Pero no por ello, tengo que imponer. Pues
esa es la raíz de todos los males de nuestro mundo actual.